viernes, 6 de mayo de 2016

Consecuencias globales del Impacto Ambiental

Por: Edmundo Aviña Medina

Los humanos llevan al menos 6.000 años cazando atunes rojos. El filósofo Aristóteles, en «Historia de los animales», describe cómo los griegos trataban de atraparlos de noche, cuando se creía que eran más vulnerables. Sin embargo,  la carne de atún rojo se estropea rápidamente y no es tan rica después de ser cocinada. A principios del siglo XX, tuvo más éxito como trofeo para los que practicaban pesca deportiva, como Ernest Hemingway, que como alimento.
Según el libro de Sasha Isenberg, «The Sushi Economy» (2007), el destino del atún rojo empezó a cambiar tras la II Guerra Mundial, cuando las costumbres culinarias al otro lado del mundo empezaron a cambiar. Los ocupantes militares norteamericanos mostraron a los japoneses, que tradicionalmente preferían alimentos magros, las delicias de la carne, y empezaron a aficionarse a la grasa. El atún rojo crudo, cuyo alto contenido en grasa le convierte en un suculento plato, encajó perfectamente en sus gustos. A su creciente demanda se unió la aparición de los modernos barcos de pesca con motor diésel y la comunicación por radio, y en 1972, un directivo de Japan Airlines llamado Akira Okazaki instaló contenedores refrigerados para transportar atunes rojos desde la costa este de Estados Unidos a Tokio, donde podían venderse y servirse en restaurantes de sushi pocos días más tarde.
En las décadas siguientes, el atún rojo se convirtió en un manjar muy caro y un negocio muy lucrativo a ambos lados del Atlántico, hasta tal punto que un artículo de 1986 de Associated Press recogió la expresión de un comerciante que lo llamó «billetes flotantes de 5.000 dólares».
Del mismo modo, los barcos pesqueros japoneses empezaron a ir al Golfo de México a pescar grandes cantidades de atún, causando, según Safina, «enormes daños».  En la costa noreste de Estados Unidos, pescadores de Gloucester y otras ciudades empezaron a atraparlos con sus propias manos, incluso utilizando la antigua técnica de los arpones. Era menos eficaz, pero teniendo en cuenta que un solo ejemplar podría valer hasta 10.000 dólares, con unos pocos se podía vivir decentemente. En la década de 1990, pesqueros industriales pusieron en marcha operaciones de gran escala para acorralar a los atunes en enormes redes de cerco y atraparlos para su exportación.
Sin embargo, los beneficios también llevan su coste. Los científicos marinos empezaron a informar de la disminución de las poblaciones de atunes. En 1974, Nelson Bryant, del  New York Times, afirmó que la sobrepesca había acabado con los atunes rojos de entre cinco y ocho años, que son los más fáciles de atrapar, «dejando solamente los mayores y los más jóvenes».
«A principios de los 80, antes del descontrol de la pesca ilegal en el Mediterráneo, ya íbamos camino de acabar con los atunes que van desde el Golfo de México hasta la costa de Nueva Inglaterra», declara Miguel Jorge, director de Ocean Initiative, de National Geographic Society.
En 1981, mientras el Congreso de Estados Unidos se decidía a imponer un límite de 320 kilómetros en la costa para mantener alejados los barcos pesqueros extranjeros, la Commission for the Conservation of Atlantic Tunas (Comisión para la Conservación del Atún Atlántico) encontró la solución: dibujó una línea en medio del Atlántico y dividió la población del atún rojo en dos (una muy grande en el este y otra, más pequeña, en el oeste), estableciendo cuotas para ambas. Con este sistema, los barcos europeos tenían acceso al 90 por ciento de la población, mientras que los norteamericanos se quedaban con el resto.

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